El miedo es una experiencia común a todos los seres vivos.

Sentimos miedo cuando experimentamos un peligro de alguna clase, cuando sentimos que algo ó alguien puede causarnos un daño. Es una emoción básica indispensable  que activa nuestros mecanismos de defensa ante el peligro, es una respuesta, un semáforo en rojo que se enciende para que podamos  protegernos.

Ante una situación de peligro nuestro organismo entra en alerta, nuestra musculatura se tensará construyendo una barrera protectora y nuestro pensamiento se activará buscando una salida posible. Si estamos en condiciones de huir o de alejarnos de lo que nos hace sentir amenazados, lo haremos, si por el contrario por la razón que sea estamos impedidos para movernos la tensión aumentará y nuestros mecanismos psíquicos buscarán la manera de protegernos para soportar el impacto reduciendo el daño al máximo posible.

Pero las posibilidades que tenemos los seres humanos de defendernos de una amenaza no son ilimitadas, como no lo es nada de lo humano, y varían según las edades y las características de cada persona, además de estar condicionadas por el tamaño del peligro ya que ante ciertas experiencias estamos irremediablemente indefensos.
Así un bebé que pasa miedo sin duda tendrá menos recursos tanto psíquicos, corporales como emocionales para protegerse, que los que tiene un niño de siete años, un adolescente o un adulto, y cuando las posibilidades de defenderse son menores ante la misma dimensión de la amenaza, el daño sufrido será mayor. La respuesta básica de alerta pone entonces en funcionamiento las defensas con las que contamos según el momento madurativo en el que nos encontremos.

A veces es difícil para un adulto distinguir el porqué del miedo que siente, a veces este miedo se presenta como un estado constante, como un nerviosismo, una hiperexcitación, un estado de ansiedad que lo acompaña, puede crear síntomas y manifestarse en la dificultad de conciliar un sueño profundo, reparador, en problemas de concentración, en saturación mental, dolores musculares por exceso de tensión, dolores de cabeza, rigidez de cuello y hombros, trastornos digestivos, irritabilidad, angustia, etc.
Es estos casos  suelen ser las experiencias  de miedo muy tempranas que han dejado huella en el organismo, vivencias que el cuerpo y la psiquis no han podido superar. A veces es debido a situaciones traumáticas de evidente envergadura y en muchas ocasiones es  debido a lo que llamamos micro-traumas repetitivos, que son experiencias más suaves pero que por su constancia y repetición acaban por hacer daño y dejar una huella importante.

Los miedos que vienen de experiencias tempranas

Para un bebé que no puede ni correr y alejarse, ni recibir ayuda, ni empujar y rechazar, ni reflexionar sobre lo que  está sucediendo para protegerse dando un sentido a la experiencia, el sentirse asustado, hará que su organismo se contraiga profundamente y si esta vivencia se repite con  cierta frecuencia aprenderá a tensarse tanto que empezará a ser difícil estar relajado.
El bebé se encuentra en un momento en el que está aprendiendo cómo se está en la vida, si su entorno lo asusta aprende que hay amenazas de las que hay que protegerse mientras su cuerpo aprende  a la vez a tensarse.
Siendo muy pequeños, los bebés están en una situación de dependencia prácticamente absoluta, son muy pocas las cosas que pueden hacer por sí mismos, tienen todo por aprender y traen esta capacidad consigo. A un bebé puede asustarlo que se le grite, que se lo mire con hostilidad, que se lo coja en brazos bruscamente o de una manera descuidada, inestable; las sensaciones corporales desagradables y persistentes que no son atendidas por el adulto pueden asustarlo, un dolor de barriga, el hambre, el frío, se asustará por el malestar y por la soledad que experimenta si no recibe atención. La falta de ternura y de paciencia, la falta de comprensión y de compañía pueden asustar a un pequeño.
Cuando esto sucede con asiduidad el bebé sufre micro-traumas e integra un patrón de funcionamiento, la tensión con la que intenta protegerse se instala y la expectativa ante el vínculo con el mundo quedará afectada porque no ha podido aprender a estar confiado, relajado. Esta respuesta defensiva constituye una barrera entre él y el mundo que será un problema para integrar las nuevas asimilaciones que lo esperan, anticipa que lo que vendrá de fuera es amenazante para él y según lo mucho que haya tenido que protegerse su barrera será más sólida o lo será menos. Así también, el sentimiento fundamental de autoconfianza en el que se apoya la autoestima, y de confianza en la vida y en el otro pueden quedar profundamente dañados.
La vida continúa, este bebé crecerá y nuevas experiencias se sumarán a lo ya aprendido. Puede suceder que las experiencias que lo esperan sean difíciles también y no lo ayuden a estar confiado y tranquilo, con lo que  este patrón de funcionamiento emocional, corporal y psíquico se seguirá desarrollando y complejificando. O puede tener mejor suerte y la vida empiece a ofrecerle vivencias más dulces y posibilidades de aprender a confiar y relajarse, y esto modificará en parte el primer patrón aprendido.

El adulto asustado

Todas estas experiencias  negativas en el comienzo de la vida moldean al adulto en el que nos convertimos, las vivencias se suman unas a otras, tanto las positivas como las negativas. Adquirimos una forma, una manera de existir, la construimos poco a poco, dejamos de ser bebés, niños, dejamos de ser adolescentes pero nunca dejamos de ser el mismo ser humano, todo queda grabado en nuestra memoria corporal, emocional, psíquica, la experiencia  de sentirnos amados, la de pasar miedo, la alegría de jugar, la tranquilidad de ser comprendidos, etc. Ese todo constituye la suma de nuestra memoria de existencia, el terreno desde el cual estamos en la vida adulta. Así pude suceder que un hombre o una mujer “hechos y derechos” se sientan asustados como niños, sin razón aparente, impotentes para comprender y resolver este estado.

Como el miedo es una emoción muy perturbadora comúnmente intentamos evitarla, pero las emociones no desaparecen ente la evitación, conseguimos a lo sumo que desaparezcan de la conciencia con un importante trabajo de represión o disociación emocional pero no desaparece la tensión defensiva, ni la intensa actividad psíquica, ni las conductas condicionadas por el miedo y no sabremos porqué estamos así ya que lo hemos eliminado de la percepción.

Cuando el ser humano, debe dedicar su energía psíquica y corporal a este trabajo de reprimir o disociar, se ve inmerso en una labor de control de todo su mundo emocional. No contamos con compartimentos para las emociones, no podemos separar en áreas la capacidad de sentir, una casilla para las emociones perturbadoras y otra para las emociones gratificantes. La capacidad de sentir es una, así el esfuerzo por reprimir las emociones que nos perturban afecta a la capacidad de sentir las emociones más constructivas y placenteras. La capacidad para disfrutar de la alegría, del amor, de la sexualidad disminuyen proporcionalmente al esfuerzo represivo, la tensión nos impide vivir plenamente. Toda nuestra capacidad de sentir queda afectada y con ella la manera de vincularnos  con los otros y con la realidad. Las relaciones se hacen más difíciles.
Corremos el riesgo de entrar en un proceso depresivo, de experimentar un sentimiento de fracaso…y cuando la sensación de displacer se vuelve demasiado cotidiana, demasiado conocida, nos preguntamos por el sentido de nuestros actos, por el sentido de la vida.

Cómo dejar de vivir con miedo

Afrontarlo es el primer paso, es aceptar que sentimos miedo, que somos vulnerables por el simple hecho de ser seres vivos, que tenemos sentimientos y que eso está bien, es parte de nuestra condición Humana, como lo es también  necesitar ayuda, necesitar de la ternura, de la comprensión y del apoyo de otro ser humano.
Afortunadamente las personas tenemos capacidad de cambio, de aprendizaje, se necesita el deseo de cambiar y la valentía de atravesar el proceso.
El  camino de salida de este bloqueo vital pasa por atender a todos los planos de existencia, ya que todos están afectados por el miedo, las fuertes tensiones que hemos generado en nuestro cuerpo como respuesta a la experiencia de peligro necesitan relajarse a un nivel muy profundo, las defensas psíquicas necesitan ser analizadas, el miedo necesita ser descargado, expresado, y todo ha de suceder en un contexto de seguridad, de comprensión y de apoyo. El espacio terapéutico es el espacio indicado, un terapeuta experimentado, conocedor de los procesos emocionales y su interrelación con el cuerpo y la psiquis puede ayudar a  una persona asustada a superar el miedo. Más que difícil es imposible resolver estos estados por la voluntad, no es un problema de voluntad, por mucho que una persona quiera no sentir miedo si lo siente, lo máximo que conseguirá será reprimirlo o disociarse de él. Y seguirá ahí. Es importante comprender que si bien la voluntad  nos es muy  útil en muchas situaciones de la vida, ésta no lo resuelve todo y menos aún puede disolver mágicamente estados emocionales tan complejos y profundos como el miedo.
En muchos sentidos las personas tenemos la capacidad de cambiar nuestro Sino, lo que vivimos en el pasado y nos dejó asustados puede resolverse si lo  atendemos como se merece, postergarlo sólo lo hará más difícil de resolver y pondrá más lejos la posibilidad de vivir con alegría y con placer verdaderos.